2 de agosto de 2017

Este jueves, relato: Carta a mí mismo


Querido Yo:
La distancia del precipicio por el que paseo es corta, mínima, arriesgada y misteriosa. Acaricio el aire al tiempo que imagino que avanzo.
Bajo, el mar, azul.
Recién ha amanecido y huyo como cada día de la parte llana, la segura, la cómoda, la gratuita. Terreno plano que engaña —no es como lo ves, no es lo que aparenta—.
Ahora, con la luz del día echo la vista atrás y veo lo plano en toda su aparente seguridad —solo aparente—, inestable firmeza —no tan firme como parece— y engañoso esplendor —sombra mezquina de un pasado desconcertado y furioso—.
«La Polar es lo que importa», eso proclamaba en tiempos de mentiras, lo único que importa es la música, la única verdad está delante, en ese tramo angosto y arriesgado y es allí donde suenan las notas de la mañana. Sonidos de sirena que dicen y atraen. Atraen y dicen.
Solo unos pasos más y tocaré los pliegues del mar con la punta de mis ojos. La senda se estrecha y el premio es mayor.
A estas horas, el cielo, abierto. El mar, abierto.
Cielo y mar.
Arriba y abajo.
Delante y detrás.
Paralizado, con el miedo contenido te/me golpeo, Alfredo, al tiempo que gritas... y grito.
Para cuando termine el camino, la salvación será total. Y tú/yo, Alfredo, serás mi compañero de baile.