27 de julio de 2017

Este jueves, relato: Olvidar


Con el mando en la mano jugué a buscar el canal de los colores. Sin pretenderlo acerté con mi momento preferido. Me abandoné en el fondo de mi butaca y con los ojos vidriosos pude leer entre triángulos verdes: «¡Es primavera en el Corte Inglés!». Juré, por la Virgen del Olvido que estaba viendo esos anuncios por enésima vez. Intenté escribir sobre ellos pero no recordaba nada. 
En ese momento, frente a esa hoja en blanco, solo había una cosa más en blanco todavía: mi mente. Y en esa transición me preguntaba: ¿Por qué tengo esta página abierta? lo último que veo sobre este fondo vacío es un baile, pero dónde, con quién, además… ¿qué día es hoy... jueves? 
La imagen en blanco y negro de un cantante de color apareció durante unos segundos, los justos para tararear «Mujer, si puedes tú con Dios hablar...» y desapareció sin continuar. 
Apagué la pantalla pero la imaginación seguía ausente. Los botones del mando, insolentes, me miraban mal. No lo iba a consentir y, sin pensarlo dos veces, les grité:
—¡Dejadme en paz! Necesito salir al corral y dar de comer a los animales, están sin el grano desde ayer.
—Matías, estamos en la capital, aquí no tenemos animales —replicó paciente, desde el otro extremo del salón, Mª Luisa, mi mujer.
—¿Capital? ¡Qué capital, ni qué niño muerto! ¡Dejadme salir!
—Mira, asómate y verás dónde estamos —insistió de nuevo señalándome con la palma de la mano la ventana.
—¡Me cago en diez! Y ese... —señalé hacia la ca­lle—, ese, ¿no es el pastor? ¡Felipe! —le grité.
—No papá, Felipe ya murió; además no estamos en el pueblo.
—Que sí... ¡Es Felipe!
—Papá, no grites, que te van a oír los vecinos —me recriminaron desde el fondo de la sala.
—Y tú, ¿quién eres?
—Soy Rosario, tu hija, papá.
Miré por la ventana y recordé por un instante las primaveras olvidadas.

(Fragmento de mi próxima novela «A veinte palmos del suelo»)

13 de julio de 2017

Este jueves,relato: Estado de consciencia


«Tranquilo, tengo en mis manos tus sueños de esta noche y te aseguro que son inspiradores y reconfortantes. ¡Por fin algo me distancia de la muerte!.
Te cuento...»


...Había nacido para no ser nadie, ni nada. Las diferentes etiquetas con las que el tiempo iba a ilustrar mi cuerpo dejaban bien clara mi identidad: Androide, robot, asesino, autómata, muñeco, extraterrestre, cósmico, ángel, demonio... Todas ellas se superponían unas a otras como las capas de una cebolla y todas, y cada una, me mentían como imágenes deformadas en un espejo convexo.
Con el tiempo —tiempo, que no medía ni sentía—, y como proyecto 4.0  por rastrojo, fui portador de los más variados menesteres. Olía a aceite, a circuito, a memoria, a quemado, a ausencia, a oscuro, olí a rancio el día que, sin saber lo que era, perdí la fe, también la esperanza. Compartí anaquel con otros de igual ruido, color, tamaño y abandono.
En horizontal, descansando sobre la mesa de acero inoxidable, esperaba que la mano experta del ciber-mecánico Andrew llenase mi cabeza de órdenes y mi vientre de mercurio o arena, lo mismo daba —solo era para equilibrar peso y altura—.
Pero ayer, ayer fue diferente. Vi a Andrew colgado de una soga que pendía del techo llenando mi cara de gotas de cera roja. Esa cera me puso en marcha y el botón «Off» parpadeó hasta quedarse permanentemente iluminado. Verde.
Los sueños de Andrew resbalaron por su cuerpo cromado hasta ocupar el mío en sombras. Rojo.
Sueños brillantes y lúcidos y reparadores y trascendentes y compatibles. Sueños que por vitales y cumplidos le llevaron a desaparecer. Por primera vez desde mi alumbramiento me sentí vivo.
La catatonia fue del donante.
La reparación mía.

Este jueves, relato: «Estado de Conciencia». Participantes


























       









9 de julio de 2017

Este jueves, relato: "Estados de conciencia" (Convocatoria para el 13/07/2017)


Cinco imágenes y un principio

Elige una de las cinco imágenes de la fotógrafa Gaby Herbstein que más te sugiera una historia y cuéntanosla a partir de este principio:  
«Tranquilo, tengo en mis manos tus sueños de esta noche y te aseguro que son inspiradores y reconfortantes. ¡Por fin algo me distancia de la muerte!
Te cuento...» 

  

Una

Dos

Tres

Cuatro

Cinco

Gaby Herbstein nació en Buenos Aires, Argentina en 1969. Actualmente vive y trabaja en Buenos Aires. Fotógrafa y artista visual cuya carrera se extiende por más de 23 años. Ha trabajado y participado de exhibiciones individuales y colectivas en países tales como Argentina, México, Brasil, Chile, Perú, Estados Unidos, Rusia, China y Japón, entre otros.
Gracias a Mónica Frau http://neogeminis.blogspot.com.es/ que me la ha dado a conocer, sugiriéndome que en algún momento podría ser «leitmotiv» de una convocatoria.

Ya sabéis las normas de Tésalo: Más o menos 300 palabras y comunicadme vuestro enlace una vez publicado el relato. Tenéis tiempo desde la noche del miércoles hasta el sábado que se cerrará y despedirá la convocatoria.  

6 de julio de 2017

Este jueves, relato: Juegos de niños


Jugando en el patio.

«El Patio de mi casa es particular, cuando llueve se moja como los demás…»

En eso estaban Elena, Eva y Ana, con sus trenzas al aire, sus manos unidas, sus vestidos volando y sus diminutos cuerpos girando en círculo, cuando Alex irrumpió en el patio dando pelotazos a diestro y siniestro. 
Los pollos y las gallinas volaron huyendo en busca de un lugar seguro.
Los conejos, atónitos, desconfiados y molestos se refugiaron en la conejera.
La gata Nieve se escondió detrás de un pozal.
Tan sólo Chocolat quedó quieta, frente a frente con el perturbador (aprendiz de Messi) que perseguía atolondrado la pelota de cuero. Desafiante y segura, no iba a consentir ninguna revolución en su patio.
Alex tomó posesión del espacio, midió con la mirada e imaginó la portería entre la maceta de geranios y el botijo que, al fresco, colgaba de un alambre. Dio un paso atrás y chutó con todas sus fuerzas, la pelota se coló por el lateral del botijo, rozando el pitorro que acabó rompiéndose.
Chocolat, la cabra blanca con nubes marrones y cuernos incipientes, se percató de lo grave de la situación y de su responsabilidad de mantener el orden en aquel patio florido. Sin pensárselo dos veces, saltó sobre sus patas traseras e impactó con sus cuernos de leche en el trasero de Alex, al que derribó tumbándolo de plano sobre el colorido y espinoso rosal.
Con enormes saltos de alegría, Elena, Eva y Ana gritaron: ¡GOOOOOOOOOOL!
Pareció que Chocolat esbozaba una sonrisa o esa era su cara.